Es la jugadora más emblemática de la Selección argentina y confirmó que el Mundial de fútbol femenino que se está disputando en Australia y Nueva Zelanda marcará su despedida.

Una luchadora que no se rindió siquiera cuando quedó afuera del sueño celeste y blanco por más de mil días. Hoy vuelve a poner lo colectivo por sobre lo individual y asegura que, más importante que levanta5r la Copa, es allanar el camino para las nuevas generaciones. Recorrido por una trayectoria marcada por las desigualdades, el sacrifico y un innegable talento.

 

Estefi tardó varios años en comprender por qué aquella tarde, sentados alrededor de la mesa de su casa en Mendoza, sus papás le sugirieron que probase hockey, como la mayoría de las niñas, o vóley, como sus hermanos Paola y Hernán. Tuvo sus sospechas cuando Elizabeth y Tito salían cabizbajos de cada club que visitaban, fallando a la promesa de que en el próximo iba a quedarse… Lo confirmó cuando sus compañeros de Cementista le dejaron libre el vestuario para que pudiera cambiarse sola: en el fútbol, no había lugar para las nenas.

“Dejá, ya se le va a pasar”, le decía Don Banini a su esposa, creyendo que la pasión que su pequeña hija de seis años mostraba por la pelota era pasajera. Hasta que el entrenador Eduardo “Perico” Pérez la recibió en su club y advirtió que “la Peti” tenía un talento innato y debía acompañarla para que se divirtiera como cualquier niño en una cancha, porque afuera de ella, con los adultos, la historia sería distinta.

Los gritos desde las gradas eran recurrentes en cada partido: “¿Cómo te va a pasar una mujer?”, “¡Dale que juegan con uno menos!”. Los padres enloquecían al ver a la rubiecita de un metro y pico que encaraba y los dejaba con las piernas enredadas. Años después, Estefanía contó que sus papás debieron firmar ante escribano público un documento en el que se hacían responsables si se lesionaba durante algún partido, porque el seguro de la federación no contemplaba mujeres.

A los 16 años conoció a otras “caprichosas” como ella: en Las Pumas, equipo también de Mendoza, tuvo su primer acercamiento al fútbol íntegramente jugado por mujeres en cancha de 11 y, un año después, arribó sola con su bolso a Buenos Aires, tras ser invitada a probarse en el seleccionado juvenil. Para 2010 ya se destacaba en la Copa América. Pero la joven promesa tenía un problema: al terminar los certámenes con la celeste y blanca, otra vez no tenía adónde jugar.

Genia y figura

Vestir la camiseta argentina le dio la visibilidad para que su talento cruzara la cordillera: en 2011 firmó su primer contrato en el equipo chileno Colo Colo. Allí ganó torneos locales, una Copa Libertadores, y se convirtió en capitana. También lo hizo en Estados Unidos, la meca del fútbol femenino, al pasar al Washington Spirit, y a los 25 atravesó el Atlántico para instalarse en España; el apellido Banini ya sonaba como refuerzo de varios planteles cuando firmó para el Valencia.

En ese entonces, su presente marcado por constancia, gambeta y personalidad ilusionó a todo un país cuando, después de 12 años, logró clasificar a la Selección Argentina a un Mundial. Lo que no sabía Estefanía era que, después de Francia 2019, le negarían la posibilidad de representar a la celeste y blanca por 1116 días.

En 2018, Argentina jugó el cuadrangular final ante Colombia por la Copa América y las jugadoras posaron para la foto preliminar llevándose sus manos derechas a las orejas, con un gesto que representaba un mensaje muy clarito: queremos ser escuchadas porque la lucha por los derechos ante la desigualdad de género dice presente en las calles pero también en el césped.

El plantel reclamó por mejores condiciones de entrenamientos, de vestimenta (no las sobras del masculino), y un proyecto que contemplara los objetivos dejando atrás la comparación con el fútbol de los varones, entre otras cosas.

Cuando llegó el Mundial de Francia 2019, Estefanía fue la 10, figura y capitana, y le hizo honor a ese lugar alzando la voz. Si bien la Selección no había clasificado a octavos, la ambición, anhelos e ideas de juego no eran iguales a los años anteriores: todas asumieron que no había vuelta atrás, el fútbol femenino argentino iba a cambiar, para bien y para mal.

Cuando volvieron, la 10, junto a Belén Potassa y Ruth Bravo, entre otras, pidieron el reemplazo del técnico Carlos Borrello en pos de un nuevo proyecto tras los 14 años del DT al frente del seleccionado (de 2003 a 2012 y 2017 a 2021). Las consecuencias de este pedido fueron inapelables: las tres afuera de la lista del Panamericano 2019 y de todas las posteriores convocatorias hasta su último día al mando.

El fútbol va a ser de todes o no va a ser

Pero no solo el plantel buscaba otro futuro para el fútbol, sino también las miles de niñas, jóvenes y mujeres que se identificaban con cada una de ellas, sus historias y, sobre todo, su amor por la pelota. Por eso, los dorsales de las camisetas, los pedidos en las redes y las banderas mostraban cada vez más un apellido que ya era imposible de ocultar: Banini.

La mendocina se fue convirtiendo en la ídola de otras caprichosas que patean a lo largo y ancho del país. Una de ellas es Bárbara Allegretti, quien en 2019, con la (semi) profesionalización del fútbol femenino, sintió más curiosidad por la disciplina y, fascinada con las gambetas de la mendocina, estrenó las cuentas @baninishines y @TeamBanini (en Twitter y en Instagram, respectivamente).

“Ella brilla por su magia, su talento, su humildad… Con las redes sociales logramos formar una comunidad entre muchísimas mujeres que bancan y admiran a Estefi. Es lindo compartir, encontrar un espacio, amigas, y sobre todo hacerle saber a ellas, nuestras representantes, que no estaban solas, que las bancábamos y el tiempo les iba a dar la razón”, cuenta la creadora de 25 años.

Esos espacios se encargaron de evidenciar que las decisiones del cuerpo técnico excedían lo futbolístico: en 2020 y 2021 (mientras estaba desafectada de la Selección), Banini clasificó a la Champions League como capitana del Levante, fue refuerzo del Atlético de Madrid y se convirtió en la primera argentina elegida por la FIFA para integrar el XI ideal de la temporada.

Luche y vuelve

En julio de 2021, Germán Portanova asumió como nuevo DT de la Selección Argentina y en marzo del año siguiente no dudó en hacer el llamado que tanto se esperaba: Estefanía Banini nuevamente fue convocada a vestir “la camiseta más linda” en los amistosos ante Chile de cara a la Copa América que se jugaría en Colombia ese mismo año.

La 10, aunque con dorsal 22, volvía para otra vez clasificar a un Mundial (esta vez al quedar como tercer mejor equipo de América) y tener su Last Dance: Australia Nueva Zelanda 2023. Como reconocimiento, antes de partir, invitó a Bárbara Allegretti al predio que la AFA tiene en Ezeiza.

Con un presente inmejorable (figura en el Atleti, campeona de la Copa de la Reina gracias a su gol, que forzó el empate en el último minuto), ahora va en busca de su propio sueño mundial.

“¿Tu ilusión siempre fue ganar un Mundial?”, le preguntó la periodista Sofía Martínez en una entrevista para Urbana Play, y las redes sociales estallaron con la respuesta: “Sí, pero no es mi única ilusión. Creo que hay cosas más importantes, como que el fútbol femenino siga creciendo, poder dejar el camino a las nuevas generaciones, que tengan un fútbol más equitativo, se le abran las puertas y tengan las mismas oportunidades”, argumentó, proponiendo un sueño colectivo por sobre el propio. El que seguramente imaginó cuando pateaba las pelotas que le regalaba su abuela en cada cumpleaños en su casa en Mendoza, cuando veía a los únicos ídolos con los que se podía identificar, como Pablo Aimar.

Este Mundial es histórico porque por primera vez las jugadoras tuvieron una preparación adecuada, el plantel está viviendo una transición entre jugadoras experimentadas y jóvenes que están forjando una identidad, y no solo de juego sino también de hinchas, que ahora miran a mujeres representando los colores de la bandera.

Respirando con calma, la frente en alto y sus ojos celestes brillando: “Me he cansado un poco de pelear”, dijo hace poco, y mirando hacia atrás comprendemos de qué habla: pelear valió la pena, cansarse también.

Por Noelia Tegli para Planeta Urbano